ALIMENTO

(…)El cuerpo humano es, sin lugar a dudas, un organismo imperfecto.  Muy a diferencia de las disparatadas teorías creacionistas, el hombre está en un proceso constante de evolución y su camino de desarrollo todavía no está completo.  Tal vez nunca lo esté.

Cuando nos damos cuenta que hay otros organismos, catalogados por nosotros como inferiores, que tienen mayor resistencia, mejor visión, más velocidad o más longevidad; tenemos que aceptar que si fuimos creados por un dios, este supuesto creador no logró en nosotros, naturalmente débiles, imperfectos y torpes, su mejor trabajo.

La inteligencia y el uso controlado de nuestras facultades deberían ser los elementos que nos diferencian del resto de seres vivos.  Si es así, entonces es fácil darse cuenta lo mal que hemos utilizado estas ventajas, descubriendo en seres menos inteligentes, métodos de subsistencia, interacción y convivencia bastante más efectivos.

A pesar de esto y así como en otros casos dentro de la naturaleza, el hombre ha perdurado y sobrevivido sobre la tierra cimentando su fortaleza en su nivel de adaptación al entorno natural.  Por decirlo de alguna manera, el universo y sobre todo el planeta tierra como tal, no fueron creados para servir al ser humano y satisfacer sus necesidades; sino más bien fueron el resultado de una evolución y expansión constante que necesitó de la interacción de todos sus integrantes para lograr mantenerse y sostenerse.

A pesar que este concepto no es muy difícil de asimilar, al hombre, en su corta historia como forma viviente, se le ha hecho muy complejo de aplicar llevando así al planeta hasta el borde mismo de su destrucción, comprometiendo su propia existencia.

Las necesidades alimenticias del hombre se limitan a una reducida lista a escoger de entre un inacabable abanico de probabilidades.  Todas accesibles, todas inmediatas y todas teóricamente gratuitas.  Es la predisposición, la comercialización, la mezquindad y el desaprovechamiento lo que convirtió a la alimentación, un proceso humano tan básico como dormir, en una actividad viciada, costosa, compleja y en muchos casos inexplicablemente imposible de alcanzar para algunos.

Todo empezó cuando un hombre hace mucho tiempo le otorgó un valor económico al alimento, tan solo por considerarlo vital.    Entonces los comestibles empezaron a proponerse más grandes, más dulces, más salados, más innecesariamente adornados para poder aumentar este inexistente valor y que se le pueda extraer algún rédito.  Nunca lograron mejorar nada a ojos del estómago o los intestinos.  Ellos no entienden de sabores ni gustos, solo de nutrientes y vitaminas que, paradójicamente, se pierden en varios casos de manipulación alimenticia.  

Después, otro hombre, se dio cuenta que la escasez de un alimento aumentaba su valor.  Y así empezó a organizarse algo que la misma naturaleza había organizado previamente, sin la intervención humana.  Empezó a repartirse la tierra, empezó a imponerse la fuerza y a asignarse espacios.  Con tal torpeza, que el día de hoy, basta con revisar un mapa para darse cuenta que el hambre es un problema de repartición, no de insuficiencia.

Mi gente y yo, vivimos de lo que la naturaleza nos brinda y aprovechamos al máximo estas ventajas.  Pero, conscientes de nuestro rol en esta coexistencia, también tomamos lo necesario y le devolvemos a la tierra lo que nos da. 

Siendo selectivos y coherentes hemos logrado mejorar nuestra salud, estabilidad y alimentación.  No tenemos niños desnutridos ni tampoco problemas de sobrepeso.  Debe ser porque el alimento lo da la tierra de forma gratuita y nosotros no le hemos sabido poner un precio antes de llevarlo a nuestras bocas. (…)

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